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¿Cómo puede Dios ser Amor y llenarse de ira?*


Nadie quiere ser objeto de la ira; y mucho menos de la de Dios. Entiendo por qué algunas personas se sienten incómodas acerca de este tema. Por causa de la condición moral y espiritual de la raza humana, todos merecemos y somos por naturaleza objeto de la ira de Dios (Efe. 2:3). Vivimos en una era de sentimentalismo y permisividad, que hace difícil aceptar la realidad de la ira de Dios. Por lo tanto, algunos tienden a redefinirla, al enfatizar que Dios es amoroso por naturaleza, y sugieren que el amor de Dios y su ira son incompatibles. Pero la realidad es que la ira de Dios no puede ser borrada de las Escrituras. Deberíamos mantener esto en mente cuando discutimos este importante tema.

       1. La ira divina y el enojo humano. 


El enojo y la furia humanos no pueden ser utilizados como un modelo de referencia para la interpretación y el entendimiento de la ira de Dios. Nuestro enojo es irracional, y nos daña a nosotros y a los demás. Expresa nuestra pérdida de autocontrol o nuestra falta de dominio sobre nuestras emociones, y revela nuestro deseo de controlar a los demás a cualquier costo. Es una expresión del deterioro y del desequilibrio que el pecado ha causado en nuestro ser interior, y que hace que nos sea imposible coexistir con los demás en una relación armoniosa. Por otro lado, la ira de Dios no está contaminada por el pecado y, por lo tanto, está bajo el control del poder del amor. Su primera intención es sanar, procurando la restauración del orden dentro de su creación (Heb. 12:6; Apoc. 20:15-21:11).

       2. La ira de Dios y el pecado. 


La ira de Dios no parece ser un atributo permanente de su naturaleza; es decir, algo que por naturaleza caracteriza constantemente a Dios y a sus acciones. Dado que su ira no es irracional, siempre existe una razón para ella o algo que la provoque (Deut. 4:24). Es provocada por el pecado y es, fundamentalmente, su reacción ante la presencia irracional del pecado y del mal en la vida de sus criaturas, y en el mundo creado (Rom. 1:18). En consecuencia, su ira es momentánea, y llegará a su fin una vez que sus buenos propósitos sean alcanzados. Está en marcado contraste con su amor, que dura para siempre (Isa. 54:8).

       3. La ira de Dios es escatológica. 


Siendo que la ira de Dios es una manifestación de su voluntad de restaurar el mundo a su orden, armonía y justicia originales, es fundamentalmente un evento escatológico (Rom. 2:5; Apoc. 16). Puede ser adecuadamente llamada como "la extraña obra" de Dios (Isa. 28:21). En ese momento escatológico, la totalidad de la ira de Dios se revelará (Apoc. 15:1), y todos recibirán de acuerdo con sus obras. No es una autodestrucción personal o una fuerza impersonal que actúa sobre los pecadores y Satanás. Dios participa activamente, al ponerle personalmente un punto final al pecado, con el fin de restaurar la armonía cósmica que él estableció en el principio.
 
       4. La ira de Dios dentro de la historia. 


Aunque es, fundamentalmente, un evento escatológico, la ira de Dios ya está presente, en algún sentido, en este mundo (Rom. 1:18). A veces, consiste en entregar a los pecadores al poder del mal (vers. 28). Otras veces, Dios interviene directamente y castiga a los pecadores que no se arrepienten (Gén. 6:17) o quita su poder controlador sobre la naturaleza, lo que tiene como resultado la destrucción y la muerte (Gén. 19:24, 25). Estas expresiones históricas de la ira de Dios establecen límites a la incursión del pecado en la sociedad o entre su pueblo (Éxo. 32:11), y tienen una intención redentora.

       5. La ira de Dios y nosotros: 


La ira de Dios contra el pecado humano revela su lado afectivo. Indica que toma al pecador seriamente, que no nos ignora incluso cuando estamos en rebelión contra él. En otras palabras, toma nuestras acciones tan seriamente, que al reaccionar ante ellas con su ira nos está mostrando su deseo de interactuar con nosotros. Ignorar a las personas muestra irrespetuosidad y ausencia de amor; cuando Dios reacciona ante nuestro pecado, nos está diciendo claramente que somos importantes para él, que no nos abandona fácilmente, que la relación aún no se ha terminado. El amor de Dios y su ira no son incompatibles.

       6. La ira de Dios y la salvación. 


La ira de Dios no es el destino inexorable de los seres humanos, a menos que ellos lo elijan. Jesús "nos libra de la ira venidera" (1 Tes. 1:10), al tomar sobre sí mismo, como nuestro sustituto, la maldición de la Ley (Gál. 3:13). Nosotros, que hemos sido justificados por fe, ¡"seremos salvos de la ira"! (Rom. 5:9). Gracias a Cristo, ya no somos más hijos de la ira. ¡Alabemos al Señor! 





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